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RETAZOS DEL ALMA

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30 de mayo de 2011

3

EL TARTAMUDO







Era un bebé recién nacido, su madre lo había dejado tirado debajo de un puente, por donde pasaba un pequeño riachuelo. El pequeño estaba envuelto en una sábana; y aunque no hacía frío, lloraba porque tenía hambre y necesitaba una mamá.
Cuando ya apenas le quedaban fuerzas, pasaron por allí dos vagabundos, que solían dormir debajo de aquel puente; regresaban de recoger alimentos, bebidas y unos cigarrillos.
Conforme se iban acercando se dieron cuenta de la presencia del bebé y enseguida corrieron a auxiliarlo, lo cogieron en brazos y su llanto se transformó en silencio.
Los vagabundos no sabían lo que hacer, estuvieron hablando entre ellos y lo primero que determinaron fue alimentarlo primero y decidir después.
Uno de ellos se marchó enseguida en busca de leche, tuvo que pedirla en varios lugares hasta que encontró a la persona, que le regaló una botella.
Aquel pequeñín se la tomaba con muchas ganas y cuando quedó satisfecho, se durmió igual que un angelito; entonces los dos hombres decidieron entregárselo a la policía.
Esperando que llegara el momento de deshacerse de él, fue pasando el tiempo y le tomaron un cariño inmenso, tan grande, que al final decidieron quedárselo.
El pequeño iba cumpliendo años, tenía un tic nervioso en la cara y era tartamudo, pero era obediente, dulce, amable, ingenuo y con un corazón enorme.
Uno de los vagabundos le enseñó a leer y escribir, porque el otro no sabía, le dieron todo su amor y además le regalaron un cachorrito canino, para que fuera su amigo.
Le pusieron de nombre Jeremías y dentro de la pobreza que les embargaba, no le faltó la riqueza del amor.
Cuando Jeremías cumplió 13 años, sus padres adoptivos murieron y se quedó solo con su perrito al que puso por nombre Nico.
El chiquillo se tuvo que trasladar a un callejón de la ciudad, para subsistir en mejores condiciones y conocer a otros niños, pero era rechazado por su forma de hablar y mover la cara.
Una de las veces en que iba pidiendo comida, se paró a mirar a un niño que se estaba comiendo un gran bocadillo de aceite con sal, éste le ofreció la mitad y Jeremías no se lo podía creer.
Los dos se sentaron en el escalón de una tienda y se hicieron muy buenos amigos, pero el muchacho que se llamaba Oscar, se tuvo que marchar con sus padres.
Oscar era tímido, no hablaba con nadie, apenas comía, vivía con sus papás en una granja humilde y deseaba tener muchos juguetes, sin embargo tras conocer a Jeremías, lo único que deseaba era volver a estar con él.  
Jeremías decidió ir a ver a su amigo caminando con Nico y le costó dos días llegar a su destino, tocó a la puerta de la casa y cayó rendido.
Cuando despertó se creía que estaba soñando, lo habían lavado, perfumado y se encontraba en una pequeña habitación, que le pareció un palacio, pero lo que más le gustó fue ver a su amigo, que le tocaba la frente con una sonrisa en la cara.
Oscar quería tanto a Jeremías, que no le costó nada convencer a su padre para que adoptara al muchacho y lo hizo, porque por primera vez en su vida vio a su hijo feliz. Sus juguetes anhelados fueron olvidados porque ahora tenía un gran tesoro, el más grande, el mejor de todos...,ahora tenía un amigo que se había convertido en su hermano.
El gran ejemplo de Jeremías de recorrer un largo camino para estar con Oscar, le hizo
comprender que aquello era querer de verdad.  Por eso dice un refrán, que hace más el que quiere... que el que puede...













3 comentarios:

  1. Hola Carmen. Emocionante el relato. Me re encanto. Sobre todo por los fuertes sentiemientos que se tocan. Las cosas que muchos padecen pero que pasan desapercibidas ante los ojos de los demas. Te mando un abrazo y espero que estes bien. Chau

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  2. Aca te recomiendo otro de mis blogs. Si queres podes entrar y ver que onda.
    http://losmurosinvisibles.blogspot.com

    ResponderEliminar
  3. @GustavoGracias Gustavo por tu bonito y real comentario. Un besito

    ResponderEliminar

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