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21 de mayo de 2011

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EL MONAGUILLO







Se llamaba Paquito y tenía 9 años, era el hijo de una viuda a la que le había quedado una paga muy pobre. Ella confiaba en que cuando se hiciera mayor y empezara a trabajar, sería su apoyo económico para llevar una vida mejor.
Paquito iba al colegio que estaba al lado de una parroquia, en donde el niño, hacía de monaguillo en las misas, porque le gustaba y no fallaba nunca.
El chiquillo confiaba plenamente en el sacerdote que quedó de responsable, un hombre alto, con mirada oscura y siempre rodeándose de los muchachos que iban por las tardes, a jugar en el patio de aquella iglesia, que estaba muy cerca del despacho del cura.
Llevaba una sotana negra y muy larga y la verdad es que daba miedo, le encantaba ser muy cariñoso con todos los niños, los observaba, siempre andaba por el pasillo y Paquito era su favorito.
Todos lo veían raro, pero nadie podía sospechar lo que pasaba por aquella mente maligna, eran solamente niños monaguillos, que se divertían así, cuando salían del colegio.
Aquella mañana el cura se levantó con una sola obsesión, la obsesión tenía un nombre y era la de Paquito, intentó quitárselo de la cabeza, se duchó, se paseó, pero al final pudo más aquella fuerza diabólica y se dirigió al colegio en busca de Paquito.
Esperó al niño y cuando lo vio aparecer, le dijo que tenía un bautizo y que lo necesitaba como monaguillo, él no le puso ninguna objeción y con toda la inocencia se marchó con él.
Cuando llegaron al despacho del sacerdote, éste cerró la puerta para violar a Paquito, el niño gritaba y se defendía con uñas y dientes, pero ante aquella fuerza tan grande, no pudo hacer nada. El cura para hacerlo callar, cogió un abre cartas de encima de la mesa y se ensañó con el niño, metiéndole sesenta y tantas puñaladas.
Con toda la frialdad, subió hasta su casa que estaba arriba; y se bañó para quitarse toda la sangre, que le habían sacudido, las puñaladas dadas al pobre Paquito.
Cuando terminó de arreglarse se marchó al cuartel de la guardia civil y allí sin temor alguno, contó con todo detalle, lo que acababa de hacer.
A la viuda le dio un millón de pesetas y puso un kiosco para poder vivir, la iglesia se cerró durante algún tiempo, la gente dejó de ir por ella y nadie supo nada de aquel sacerdote.
Esta historia fue un hecho real que yo misma viví, porque pertenecía al coro de cantoras de aquella parroquia, conocí personalmente a dicho sacerdote, pero le tenía pánico, de la misma forma que se la teníamos todos.
Sin embargo a su antecesor lo queríamos con locura, era todo lo contrario a este diablo, pero se lo llevó de repente, un infarto de miocardio.


















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