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RETAZOS DEL ALMA

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3 de octubre de 2013

2

EL DIMINUTO



Era un ser diminuto y muy grande de corazón, desprendido, indefenso, inteligente, pero con mucho miedo a los zapatones grandes de los demás seres humanos, que lo veían fácil, para pisotearlo y desear quitarlo del medio como fuera. Su lentitud y sus huellas quedaban reflejadas en la tierra, pero no con sus pies, sino con sus obras y sus pequeñas y gigantes fuerzas, pues no conseguían hacerlo desaparecer y continuaba luchando contra viento y marea, sin miedo a morir en plena batalla, cuando caía trompazos y no se levantaba. Su gran secreto era la medicina del cielo y por eso resucitaba cuando lo creían rendido y apartado del medio.
Su escondite era la capa de Dios, se alimentaba de la palabra divina, le protegían los ángeles del cielo, su cama era una suave nube de algodón y cada noche lo acostaba con mimos y abrazos, el más poderoso, perfecto y justo Señor, era su Padre Celestial, que de tanto como le amaba lloraba con él cada madrugada, para recogerle los diamantes de su alma y dejarle dormido un poco, en la oscuridad de su calma.
Era tan sencillo aquel diminuto, que iba haciendo el bien, pero lo rechazaban y no lo entendían, porque el idioma del amor al prójimo nadie lo comprendía y le daban de lado por ser diferente, por llamar a la verdad, a la justicia y porque cantaba en voz alta el himno de su dolor, de su sufrimiento, de no conocer la felicidad y de no ser amado por otro ser diminuto, porque al único que amó engañado, era un monstruo asesino, que le hizo confiar y lo dejó ensangrentado con los muchos puñales que le clavó sin contemplaciones y ayudado, por una serie de cazadores malvados, que utilizaban metralletas y eran dementes degenerados.
El pequeño diminuto, se llevaba muy bien y era correspondido por los animalitos de la selva, que entendían perfectamente la profundidad de sus palabras y le seguían fielmente por donde iba, pero todo su ser con un inmenso almacén de amor nadie lo deseaba, pues era diminuto y no estaba a la altura de los incapacitados enormes, que de la mentira, la falsedad y la lengua eran felices y se conformaban.
Levantó aquel chiquitín sus ojos al cielo y no tenía prisa alguna, para que llegara una tormenta de furia y acabara con los traicioneros, que le tendieron una trampa, haciendo un agujero y de forma muy sucia ponerle una zancanilla, para robarle lo que no tiene precio, pero que tiene más valor que el dinero.
Aquel diminuto, nunca llegó a ser feliz, pero alcanzó la meta esperada y cumplió su promesa, pues se esparcieron sus cenizas en el árbol de la nada y en unas señaladas puertas, que lo contemplaban a la luz de la luna y nunca pudieron descansar en paz...


2 comentarios:

  1. Cualquier cosa pequeña puede hacer cosas muy muy grandes.
    Saludetes guerrera.

    ResponderEliminar
  2. Querido amigo: Mi dolor traspasa mi mente y con aumento de medicación voy sobreviviendo, pero tengo muy claro, que nadie, por muy tiburón que sea me come y me deja desangrándome fuera de su asquerosa boca, burlándose del daño que me ha hecho y eruptando de placer. Un abrazo y solo decirte que gracias por tu recuerdo y tu ánimo

    ResponderEliminar

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